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sábado, 14 de abril de 2012

Perro Cabrero

Cuando nací me separaron de la casa. Yo no era como los demás cachorros. De hecho, nuestra madre siempre había mostrado una especie de predilecciòn por mí. Era el más grande, el más fuerte y también el primero en abrir los ojos.

Para mi aquella separación fue una crueldad de mis amos, cuyos sentimientos humanos, parecían consistir en no existir ¿Por què tanta crueldad conmigo? En mi pequeño corazón comenzó a abrirse paso el reencor hacia ellos. Llegué a odiarlos por lo que habían hecho conmigo.

Sin embargo siempre tuve presente los zollozos de mi madre cuando me separaron de ella y de mis hermanos. Alcanzó a lamerme la cara porque el dueño me puso junto a ella, mientras que con una sonrisa murmuraba entre dientes

_ Despídase de su hijito, despídase.

Mientras me lamía me dijo lo que el hombre no podía entender nunca

_ Cuidá tu vida. Yo voy a estar siempre mirando. Vas a ser muy importante en esta finca, aunque ahora parezca al revés. Vas a ser alguien.

Yo la miré con mis ojos llenos de lágrimas y no pude articular palabra alguna, porque mis ladridos aún eran incipientes y muy tenues. Me quedaron en la memoria sus ojos a la distancia y el resto de mis hermanos agolpándose para amamantarse.

El hombre me llevó en sus manos callosas y turbias al lugar que nunca imaginé. El corral de las cabras.

Me hundí en la tristeza más honda de mi corta vida y pensé en dejarme morir poco a poco. Los chicos de la casa llegaban todos los días con un poco de leche, pero no la tomaba. De manera que cuando me acercaron a las cabras que habían parido para que me amamantara de ellas, lo consideré un castigo humillante. ¿Eran tan crueles los hombres? ¿Qué había hecho yo, para que me trataran así? ¡Era sólo un cachorro! Y lo que más me lastimaba era que todo lo hacían sonriendo. No podía concebir tanta maldad en quienes rezaban todos los días.

Empecé a perder peso y en una ocasión el pastor llegó con mi madre ¿Dónde estaban los demás cachorros?

Ya no estaban. Los fueron llevando uno a uno. Entonces comprendí que a pesar de estar entre las cabras podía sentirme afortunado. Allí estaba mi madre.

Después de aquella visita comencé a amamantarme de las cabras. Su leche era áspera y de un sabor fuerte, pero debía mantenerme vivo. Con el tiempo me empezó a gustar. Incluso las cabras me trataban con mucho cariño, como si fuera uno de los suyos. Pero todos sabíamos que no era así.

Sin darme cuenta fuí creciendo ante los amaneceres del limpio cielo Yokavil. Desde la cumbre del Aconquija el sol asomaba siempre lozano, fuerte y suave. Me trepaba, y hasta el día de hoy lo sigo haciendo, sobre los palos del corral, con el único fin de sumergirme en su luz, con los trinos y el canto del gallo como únicos testigos.

Salía con las cabras y volvía con ellas todos los días. Conocía todos sus senderos y con el tiempo también sus secretos. Aprendí a moverme con soltura entre ellas y, lo más importante de todo, siempre veía a mi madre. A veces teníamos tiempo de cruzar algunas palabras, no muchas, pero lo que más me interesaba era su presencia. Sabía que estaba allí: eso era bastante, era todo.

Un día el pastor se alejó del rebaño. Quedamos completamente solos. Aquel abandono agregó un motivo más para odiarlo. No le ví el rostro, pero estaba seguro que iba sonriendo ¡Cuanta maldad había en los hombres!

Las cabras lo vieron alejarse y ni siquiera balaron, ni hicieron el intento de seguirlo. Pensé en ladrarle y lo hice, pero ya conocía su crueldad. Sabía que era inútil: Ni siquiera alteró el ritmo de sus pasos. Los guijarros rodaban debajo de sus viejas ushutas con la misma cadencia de siempre, la de la soledad innombrable de los cerros.

En ese momento me di cuenta que toda la majada dependía de mí. Peor aún, que confiaban en mí y que por eso ni se inmutaron ante aquella ausencia.

Inquieto, comencé a caminar entre ellas. Llegué a remontar los peñazcos más altos donde estaban tan despreocupadamente pastando las más jóvenes con sus cabritos. Conocía de sobra la forma de sus patas y la habilidad que tenían para mantenerse paradas sobre un hilo de guijarros sin caerse; pero necesitaba verlas de cerca.

Fue entonces cuando percibí la silueta parda de un enorme gato que se deslizaba con la sutileza, la rapidez y hasta la belleza de una gota de rocío. Se agazapó tras unas piedras grandes. Las cabras estaban ausentes de la presencia de aquel bicho. Yo jamás había visto semejante cosa pero desde el interior de mi corazón surgió un juicio indeclinable y claro como el destello de un refusilo. Aquel animal no era peligroso; era directamente malo.

Desde la altura ladré. Ladré, ladré, ladré como un loco y me lancé a la carrera, rocas abajo, enajenado, furioso. Las cabras corrieron hacia mí, buscando protección. Ya lo habían visto y el escondite de aquel animal ya no le era útil.

Salió del escondrijo para perseguir al rebaño, decidido a encontrar una presa, pero se desconcertó al verme correr directamente hacia él; sin sombra de duda en mis ojos. Yo no huía, atacaba.

Desnudó unos colmillos tan agudos como blancos y bramó. Confieso que tuve miedo, pero continué corriendo, no sé si porque me sabía responsable de la vida de la majada entera, no sé si porque no podía declinar mi orgullo a esas alturas, o porque simplemente la carrera cuesta abajo había alcanzado una inercia tal que ya no podía detenerme.

A medida que acortaba distancias, me daba cuenta de la diferencia de tamaño entre él y yo. Era notable. Pero ya había ganado el llano y había decidido que no viviría para ver la muerte de las cabras. Y ladré, ladré, ladré como un desquisiado sin control, sin conciencia de la realidad.

La duda ganó la mirada de aquel gato. Fue un instante, pero en él encontré la victoria. La batalla era mía y rugí sin importarme que mi gruñido no fuera tan contundente como el suyo.

Entonces sucedió lo inverosímil. Él dió vuelta sobre sus patas traseras y se dió a la fuga. Pero mi furia era tal, que ya no me detuve y fuí tras él. Debía asegurar el terreno.

Un estampido me detuvo y el bicho cayó envuelto en una nube de polvo. Luego otro estallido. Era el pastor. Sí, era él. Traía una escopeta en las manos. Recién entonces entendí para que servía aquel artefacto que tantas veces se colgaba al hombro.

Tras él aparecieron otros. Distinguí los ladridos de mi madre y me dí vuelta para verla. Ella venía encabezando una jauría, pero no le interesaba el puma muerto, sino que corría hacia mí. Los niños de la casa, que eran ya adolescentes, comenzaron a gritar, como cuando hacían fiestas.

_ ¡Macho el cabrero, carajo, macho, el perro!

Ahí entendí mi vida, mis separaciones, mis dolores, mis soledades, las sonrisas burlonas del hombre, sus ausencias, sus aparentes abandonos. Yo era el cabrero. Eso explicaba todo...

Fue la primera vez que acarició mi cabeza con modos un poco toscos, para no perder su masculinidad, supongo. Lo miré y me encontré con sus ojos humedecidos.

_¡Has saliu, güeno choco! ¡Güeno en serio!

No pude evitar mover la cola, mientras mi madre completaba el cuadro.

No, yo no era una mascota para jugar. Era el cabrero: el centinela, el lider, el mártir, el luchador. Mi mamá tenía razón. Era alguien importante, era alguien.

miércoles, 28 de diciembre de 2011

Pesebres en Yokavil

Ya hemos hablado de la importancia que los pesebres tienen en el Valle Yokavil y de las costumbres y modos de confeccionarlos en un artículo anterior. Si alguno no lo leyó puede hacer click aquí

Ahora queremos abordar el tema desde otra manifestación: Los pesebres vivientes.

Cada población del Yokavil considera como una actividad central y maravillosa su pesebre viviente. Incluso en las poblaciones grandes, éstos se realizan por barrios. Con medios modestos o sofisticados y, en cualquier caso, con los que están al alcance de la mano, todos se esfuerzan por realizar el pesebre viviente.

Normalmente lo hacen a partir de una glosa o guión, naturalmente basado en los relatos bíblicos.

Se buscan los personajes entre los mismos pobladores, poniendo un especial énfasis en la Virgen María y en el Niño Dios. Sin descartar la posibilidad de utilizar muñecos, la mayoría opta por niños recientemente nacidos y preferiblemente varones para que representen a Jesús. Asímismo se espera que quien realice el papel de la Virgen sea una joven de buena conducta.

Muchos prefieren hacer pesebres cuyos actores sean niños en su totalidad y realmente son los más hermosos y llamativos.

Los demás personajes se van cubriendo con menor empeño. A San José, el Arcangel Gabriel y los Reyes Magos pueden sumársele o no el Rey Herodes, algún soldado romano, los posaderos de Belén que no dan albergue. Merecen también una especial mención las adaptaciones que hacen a los caballos para que sean los camellos de los Reyes. Sin embargo quisieramos prestarle una especial atención a los angelitos y los pastores.

Estos personajes tienen dos particularidades en común. Siempre son representados por niños y siempre bailan en la representación.

Al son de los villancicos, siempre hay un momento en el que realizan una danza tradicional y en no pocas representaciones se mezclan angelitos con pastorcitos. Es uno de los cuadros más tiernos y alegres que se ven en los pesebres vivientes, porque algunos de ellos bailan desde su espontaneidad o saliéndose de la coreografía prediseñada o simplemente lo hacen con pasos tan endebles como entusiastas. En verdad es un espectáculo digno de ver y disfrutar.

Un último detalle: Los pastores siempre visten a la usanza norteña. Los demás personajes por lo general lo hacen según las costumbres judaicas de la época antigua; pero los pastores no.

Es muy interesante, porque los pastores de Israel formaban parte de los círculos sociales más carenciados de la época de Jesús y con ellos se identifica nuestra gente. Los regionalizan mostrando esa típica fraternidad entre los pobres, capaz de sobrevolar fronteras culturales. Pero lo más importante es que esa regionalización muestra la clara conciencia religiosa de que Cristo vino también para nuestros pueblos y eso es motivo de dicha. Los niños pastores bailan.

Esa venida de Cristo para nuestros pueblos significa una dignificación. Los lleva a un mundo superior en el que la discriminación social pierde vigencia. Los pastorcitos bailan mezclados con los angelitos.

En fin, más allá de todas estas consideraciones, no podemos más que invitarlos a que gocen de estos pequeños expectáculos que en esta época del año encontrarán hasta en los poblados más pequeños, con la simplicidad de lo cotidiano y doméstico que hace del Dios de la Navidad, el Dios con nosotros.

lunes, 26 de septiembre de 2011

Valle de esperanza

Valle de vida y esperanza on PhotoPeach

viernes, 15 de julio de 2011

Memorias Ancestrales: Cerro Colorado

En el Valle Yokavil, como en todo el Norte Argentino, existe una arraigada devoción a la Virgen del Carmen.




La celebración de esta advocación de la Madre de Dios es el 16 de Julio y, a pesar de los crueles fríos de esa época del año los devotos se dan cita en las Capillas donde se la honra como patrona.



Existen en Cerro Colorado personas que cantan el antiguo himno en su honor llamado, como normalmente se solían titular las composiciones musicales de los santos, Los Gozos. En este caso Gozos a /de la Virgen del Carmen.

Lo interesante de este lugar es que se trata de una de las más antiguas poblaciones en Yokavil. En efecto, antes de la construcción del templo ya había gente en el paraje e incluso es apreciable material arqueológico de superficie.

La historia de la Capilla es bastante simpática, aunque en el contexto real fue dramática.

Se remonta al período histórico dominado por el caudillismo argentino, si vale la nominación.

Cuentan que venía desde Salta una montonera del afamado Felipe Varela y era sabido que a su paso no quedaba población alguna con vida. En aquel entonces Cerro Colorado tenía una población bastante nutrida por lo que se ve.

La gente del lugar realizó un verdadero éxodo ante la amenaza de los de Varela, pero en la fuga olvidaron o abandonaron un paralítico. El pobre hombre, incapaz de valerse por sí mismo, y temiendo por su vida, se refugió en una cocina.

Estando allí, con el destino humanamente ineludible de ser masacrado, elevó una oración a la Virgen del Carmen, pidiendo por su vida. Es de suponder que la devoción en el lugar era bastante arraigada ,y probablemente los pobladores ya tenían una especie de patrocinio de la Madre de Dios bajo ese título. Llama la atensión que no la hubiera invocado con otro nombre. Tengamos en cuenta que hablamos del Siglo XIX, no de las primeras poblaciones hispanas y mucho menos de las tempranas misiones, generalmente franciscanas, ni de las jesuíticas, ni de las doctrinas, centradas en las tribus lugareñas.

El hecho es que el hombre, en prueba de su fidelidad, le prometió a la Virgen hacerle construir allí mismo una Capilla en su honor, bajo el título de El Carmen.

Cuenta la historia que los hombres de Varela entraron en el caserío y llegaron a la cocina donde el liciado se había refugiado, pero inexplicablemente no lo vieron.

Al regresar la gente al poblado, el promesante llevó a cabo su propósito.

Un último detalle:

Actualmente en esa misma Capilla existe una imagen de la Virgen del Carmen, confeccionada en cuero ¿Sería la que entronizaron en aquella época a raíz de la promesa o existía antes? Tengamos en cuenta que las representaciones de la Virgen, los Santos y de Cristo, realizados en cuero son, por lo general, anteriores al Siglo XIX.


En el mismo paraje existe un algarrobo llamado del frayle, pero esa es otra historia que dejaremos para otra oportunidad.


Click aquí para saber más en de la Virgen Carmen


lunes, 11 de julio de 2011

Memeorias Ancestrales: Erminda Bordón



Erminda Costilla de Bordón, esposa de Don Manuel Bordón, naturales del Valle Yokavil, más precisamente del pueblo de El Bañado, fallecida el año pasado.
Este homenaje de su pueblo genialmente expresado por René Guanca, con motivo de una nueva edición del Festival del Quirquincho, fiesta ya tradicional de El Bañado, muestra la grandeza de nuestros ancestros y la veneración que hacia ellos cultivamos. Estas son las gentes, los valores que nos dan identidad.

El tiempo en el devenir del día a día, nos va trayendo nuevas experiencias y nos va dejando atrás otras tantas. Haciendo un merecido ejercicio de memoria, la comunidad de El Bañado recuerda hoy 11 de Julio, que hace exactamente un año, partía obediente al llamado de Dios, justo el día en que su pueblo se encendía para sumirse en los festejos de la Fiesta Popular de El Quirquincho.

Queremos decirle a Ella, queremos decirle a Doña Erminda, que está inscripta en la memoria de su pueblo. Ella, la que en nuestra niñez y adolescencia admirábamos por su gracia y porte de mujer hacendosa, de mujer valerosa. Ella, que nutría lejanos mediodías con tachos repletos de comida para alimentar a los alumnos de la escuela 217, nuestra escuela. Ella, la que perfumaba las tardes con el aroma de ropa recién labada. La que sin dobleces, atizaba el fuego del horno, para deleitarnos con el pan que amasaban sus manos. La mujer sencilla y humilde, pero de altas convicciones soidarias. La mujer sencilla y humilde, pero honorable por su conducata de vida y sana costumbres. Una mujer que supo estar, desde la cooperación, con los esfuerzos comunitarios de El Bañado. Es justo recordar que esta Fiesta popuplar, nació en el patio y en las galerías de su casa, hacia fines de la década del 90. Allí se realizó la Primera Edición del Festival del Quirquinco. Su esposo, Don Manuel Bordón, quien a los pocos meses la siguió en el derrotero del cielo, supo compartir y encarnar también ese espíritu solidario. Hombre de tierra, de riendas, de aradas, de río, de quirquinchos que poblaban sus maizales, la acompañaba en el noble gesto de sumarse a los requerimientos del pueblo. Don Manuel y Doña Erminda: siempre juntos y a bandeja llena. Sin medirse, sin mezquindad, con el máximo esfuerzo, dándolo todo. Cada vez que el pueblo los necesitó, estuvieron con las necesidades del pueblo.

Por eso la Organización de este Festival, invocando el sentimiento del pueblo todo, extiende este PUBLICO Y SENTIDO HOMENAJE a Doña Erminda Costilla y a Don Manuel Bordón. Los distingue con el RECONOCIMIENTO y el aplauso popular. Ya están en las páginas más sobresalientes que escribe el tiempo de este pueblo. Ya nada, ni nadie podrá borrarlos. Que el ejemplo de sus vidas sea parche y estandarte para las nuevas generaciones. Que el camino que trazaron, pueda ser transitado por renovadas expresiones de generosidad y compromiso. Que la semilla del bien común, que tanto sembraron, siga germinando colorida en nuestros campos.

Doña Erminda Costilla y Don Manuel Bordón: reciban en el cielo este HOMENAJE que el pueblo de El Bañado les ofrece de todos corazón.

Muchas gracias.