Cuando nací me separaron de la casa. Yo no era como los demás cachorros. De hecho, nuestra madre siempre había mostrado una especie de predilecciòn por mí. Era el más grande, el más fuerte y también el primero en abrir los ojos.Para mi aquella separación fue una crueldad de mis amos, cuyos sentimientos humanos, parecían consistir en no existir ¿Por què tanta crueldad conmigo? En mi pequeño corazón comenzó a abrirse paso el reencor hacia ellos. Llegué a odiarlos por lo que habían hecho conmigo.
Sin embargo siempre tuve presente los zollozos de mi madre cuando me separaron de ella y de mis hermanos. Alcanzó a lamerme la cara porque el dueño me puso junto a ella, mientras que con una sonrisa murmuraba entre dientes
_ Despídase de su hijito, despídase.
Mientras me lamía me dijo lo que el hombre no podía entender nunca
_ Cuidá tu vida. Yo voy a estar siempre mirando. Vas a ser muy importante en esta finca, aunque ahora parezca al revés. Vas a ser alguien.
Yo la miré con mis ojos llenos de lágrimas y no pude articular palabra alguna, porque mis ladridos aún eran incipientes y muy tenues. Me quedaron en la memoria sus ojos a la distancia y el resto de mis hermanos agolpándose para amamantarse.
El hombre me llevó en sus manos callosas y turbias al lugar que nunca imaginé. El corral de las cabras.
Me hundí en la tristeza más honda de mi corta vida y pensé en dejarme morir poco a poco. Los chicos de la casa llegaban todos los días con un poco de leche, pero no la tomaba. De manera que cuando me acercaron a las cabras que habían parido para que me amamantara de ellas, lo consideré un castigo humillante. ¿Eran tan crueles los hombres? ¿Qué había hecho yo, para que me trataran así? ¡Era sólo un cachorro! Y lo que más me lastimaba era que todo lo hacían sonriendo. No podía concebir tanta maldad en quienes rezaban todos los días.
Empecé a perder peso y en una ocasión el pastor llegó con mi madre ¿Dónde estaban los demás cachorros?
Ya no estaban. Los fueron llevando uno a uno. Entonces comprendí que a pesar de estar entre las cabras podía sentirme afortunado. Allí estaba mi madre.
Después de aquella visita comencé a amamantarme de las cabras. Su leche era áspera y de un sabor fuerte, pero debía mantenerme vivo. Con el tiempo me empezó a gustar. Incluso las cabras me trataban con mucho cariño, como si fuera uno de los suyos. Pero todos sabíamos que no era así.

Sin darme cuenta fuí creciendo ante los amaneceres del limpio cielo Yokavil. Desde la cumbre del Aconquija el sol asomaba siempre lozano, fuerte y suave. Me trepaba, y hasta el día de hoy lo sigo haciendo, sobre los palos del corral, con el único fin de sumergirme en su luz, con los trinos y el canto del gallo como únicos testigos.
Salía con las cabras y volvía con ellas todos los días. Conocía todos sus senderos y con el tiempo también sus secretos. Aprendí a moverme con soltura entre ellas y, lo más importante de todo, siempre veía a mi madre. A veces teníamos tiempo de cruzar algunas palabras, no muchas, pero lo que más me interesaba era su presencia. Sabía que estaba allí: eso era bastante, era todo.
Un día el pastor se alejó del rebaño. Quedamos completamente solos. Aquel abandono agregó un motivo más para odiarlo. No le ví el rostro, pero estaba seguro que iba sonriendo ¡Cuanta maldad había en los hombres!
Las cabras lo vieron alejarse y ni siquiera balaron, ni hicieron el intento de seguirlo. Pensé en ladrarle y lo hice, pero ya conocía su crueldad. Sabía que era inútil: Ni siquiera alteró el ritmo de sus pasos. Los guijarros rodaban debajo de sus viejas ushutas con la misma cadencia de siempre, la de la soledad innombrable de los cerros.
En ese momento me di cuenta que toda la majada dependía de mí. Peor aún, que confiaban en mí y que por eso ni se inmutaron ante aquella ausencia.
Inquieto, comencé a caminar entre ellas. Llegué a remontar los peñazcos más altos donde estaban tan despreocupadamente pastando las más jóvenes con sus cabritos. Conocía de sobra la forma de sus patas y la habilidad que tenían para mantenerse paradas sobre un hilo de guijarros sin caerse; pero necesitaba verlas de cerca.
Fue entonces cuando percibí la silueta parda de un enorme gato que se deslizaba con la sutileza, la rapidez y hasta la belleza de una gota de rocío. Se agazapó tras unas piedras grandes. Las cabras estaban ausentes de la presencia de aquel bicho. Yo jamás había visto semejante cosa pero desde el interior de mi corazón surgió un juicio indeclinable y claro como el destello de un refusilo. Aquel animal no era peligroso; era directamente malo.
Desde la altura ladré. Ladré, ladré, ladré como un loco y me lancé a la carrera, rocas abajo, enajenado, furioso. Las cabras corrieron hacia mí, buscando protección. Ya lo habían visto y el escondite de aquel animal ya no le era útil.
Salió del escondrijo para perseguir al rebaño, decidido a encontrar una presa, pero se desconcertó al verme correr directamente hacia él; sin sombra de duda en mis ojos. Yo no huía, atacaba.
Desnudó unos colmillos tan agudos como blancos y bramó. Confieso que tuve miedo, pero continué corriendo, no sé si porque me sabía responsable de la vida de la majada entera, no sé si porque no podía declinar mi orgullo a esas alturas, o porque simplemente la carrera cuesta abajo había alcanzado una inercia tal que ya no podía detenerme.
A medida que acortaba distancias, me daba cuenta de la diferencia de tamaño entre él y yo. Era notable. Pero ya había ganado el llano y había decidido que no viviría para ver la muerte de las cabras. Y ladré, ladré, ladré como un desquisiado sin control, sin conciencia de la realidad.
La duda ganó la mirada de aquel gato. Fue un instante, pero en él encontré la victoria. La batalla era mía y rugí sin importarme que mi gruñido no fuera tan contundente como el suyo.
Entonces sucedió lo inverosímil. Él dió vuelta sobre sus patas traseras y se dió a la fuga. Pero mi furia era tal, que ya no me detuve y fuí tras él. Debía asegurar el terreno.
Un estampido me detuvo y el bicho cayó envuelto en una nube de polvo. Luego otro estallido. Era el pastor. Sí, era él. Traía una escopeta en las manos. Recién entonces entendí para que servía aquel artefacto que tantas veces se colgaba al hombro.
Tras él aparecieron otros. Distinguí los ladridos de mi madre y me dí vuelta para verla. Ella venía encabezando una jauría, pero no le interesaba el puma muerto, sino que corría hacia mí. Los niños de la casa, que eran ya adolescentes, comenzaron a gritar, como cuando hacían fiestas.
_ ¡Macho el cabrero, carajo, macho, el perro!
Ahí entendí mi vida, mis separaciones, mis dolores, mis soledades, las sonrisas burlonas del hombre, sus ausencias, sus aparentes abandonos. Yo era el cabrero. Eso explicaba todo...
Fue la primera vez que acarició mi cabeza con modos un poco toscos, para no perder su masculinidad, supongo. Lo miré y me encontré con sus ojos humedecidos.
_¡Has saliu, güeno choco! ¡Güeno en serio!
No pude evitar mover la cola, mientras mi madre completaba el cuadro.
No, yo no era una mascota para jugar. Era el cabrero: el centinela, el lider, el mártir, el luchador. Mi mamá tenía razón. Era alguien importante, era alguien.




